jueves, 29 de enero de 2009

LA ELONGACIÓN OPUESTA DEL PÉNDULO

Abundar reiteradamente en contraponer posiciones filosóficas antagónicas, es inoperante desde el punto de vista del avance del discurso. Intento, por ello, ir delimitando los campos de nuestra conversación para llegar a conclusiones operativas, diáfanas y con sentido.

Es claro que el empiriocriticismo -tú lo subrayas lúcidamente- pretendió, influenciado por el formalismo neokantiano, por el simbolismo de Cassirer y por los estudios lógicos de Boole, Morgan, Russel y Whitehead , separar de la “nueva” filosofía las cuestiones de interés metafísico a fin de que la única pauta metodológica del filosofar estuviese regulada por un estricto rigor lógico. El empirismo, el “logicismo”, el convencionalismo y la tendencia antimetafísica y antiespeculativa fueron los rasgos característicos de la que, en general, sería toda la corriente que, influenciada por Ernst Mach, cuajó en el conocido “Círculo de Viena”.

El interés del Círculo, y el de Wittgenstein también, se orientó, por ello, decididamente hacia cuestiones gnoseológicas, prescindiendo de la dimensión ontológica de la “realidad”. El criterio filosófico para el Círculo, era el análisis de los aspectos lógico-simbólicos aplicando este formalismo al lenguaje y a las estructuras relacionales. Pretendían, con esta filosofía “científica”, llegar a un rigor lógico-expresivo indubitable, a la claridad unívoca, a la eliminación de la ambigüedad, y a una fundamentación empírica suficiente. Lo había enunciado así, con toda precisión, Otto Neurath al afirmar que lo que buscaban era “un lenguaje científico que, evitando todo pseudo-problema, permitiera enunciar prognosis y formular las condiciones de su control mediante enunciados de observación”.

Es claro que esta filosofía pretendidamente “científica” no puede albergar aspectos que caen en el ámbito de lo lógicamente informulable. Pero, precisamente por ello, lo “real” nunca llegará a manifestar expresivamente su última y absoluta extensión. Si lo real-esencial fuese tan transparente que pudiera ser íntegramente expresable mediante la lógica formal, la filosofía, como pretendió el positivismo clásico, quedaría disuelta en sólo una ciencia particular confinada a una determinada estructura metodológica. Y esto significaría la pretensión, de alguna manera dogmática, de erigir un pensamiento (empirista y positivista) y una metodología (la lógica formal) como norma exclusiva del saber filosófico.

Tradicionalmente, en la elongación opuesta del péndulo, siempre ha aparecido otra manera de acercarse y valorar lo real. Una forma que pretende no solo captar y expresar simbólica y formalmente lo que hay, sino trascender la mera facticidad y el mero vehículo lingüístico para enfatizar y poner de relieve que “el alma” de las cosas no es reducible a una estricta formulación lógica. Entiendo que ningún seguidor de las tesis del Círculo de Viena podrá admitir la existencia del “alma de las cosas”. Su actitud será sorprenderse ante lo evanescente del aserto. Es posible que, tras este diálogo abierto en nuestro blog, su extrañeza no sea tan radical…

Y empecemos delimitando, aunque sólo sea como apunte inicial, lo que se entiende por conocer desde esta otra “elongación” del péndulo. Tradicionalmente, y a estos excesos se opuso con razón el Circulo de Viena, conocer, era captar en similitud, mediante la especie “impresa”, primero, y la ”expresa” o inteligible, después, el objeto cognoscible. Era la adecuación clásica de la mente a la cosa: “adecuatio intellectus ad rem”. Sin embargo, esta manera de describir el acto de conocer se queda muy en superficie si tenemos en cuenta los diferentes modos cómo la realidad se nos oferta, cuáles son las estructuras del objeto y cómo han cristalizado, en nuestra microhistoria cognoscitiva, nuestras relaciones con él. (Sigo en esto la profunda y extensa exposición del Profesor Luis Cencillo, en su “Filosofía Fundamental”).

De estos modos de “dación” de la realidad, de sus matices estructurales, de las diferentes situaciones cognoscitivas por las que atraviesa el sujeto cognoscente, hablaré más adelante. Ahora, para poder continuar nuestro diálogo con referencias mutuas bien ordenadas, sólo adelantaré una definición sintética y, en algún sentido paradigmática, de lo que encierra en sí el acto de conocer, pretendiendo así con ello superar la metáfora de la “asimilación” entre mente y cosa. CONOCER es “integrar las densificaciones estructurales de sentido de las cosas, los acontecimientos y el mundo, en un sujeto entitativamente situado”. La integración es una intimación, no representativa sino funcional, en virtud de la cual algo comienza a formar parte de nuestra situación y de nuestro mundo. Mediante ella se modifica nuestra intimidad, incluso hasta la raíz más profunda de nuestro ser personal y moral. Pero de todo esto, amigo Luis, hablaremos otro día.

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