lunes, 26 de enero de 2009

"LAS EXTRAVAGANCIAS DEL PENSAMIENTO ESPECULATIVO"

Atinas, José María, cuando aplicas el calificativo de extremista a la filosofía analítica. Sin embargo, a aquella corriente que ha sido conocida, también, por neopositivista o heredera del llamado “giro lingüístico” hay que reconocerle que trajo aire fresco al viciado pensamiento del siglo XX. Es cierto que, deudora como lo fue del empirismo anglosajón y del ideal copernicano, acaba desbordándose; poniendo patas arriba todo, desde el propio método reflexivo, hasta el sentido mismo de la actividad filosófica. Cuando Alfred Ayer decía que si no un delincuente, al menos un enfermo sí que parecía el metafísico, es porque pensaba que la mayor parte de la historia de la filosofía era una historia de extravagancias y desvaríos.

Como tu bien sabes, amigo mío, el lenguaje, con todo, no es ni el primero ni el más profundo problema del pensamiento filosófico. Sobre este asunto puede consultarse aquel trabajo mío de hace unos años, que fácilmente puede encontrarse en la red: “Sentido de la filosofía y consideraciones acerca del concepto de análisis”. Ahora bien, aquel bisturí analítico que convirtió a la filosofía en ciencia forense, que obligaba a los filósofos a explicar, permanentemente, el sentido de lo que decían, debes reconocer que, en cierto modo, era necesario. Quizás el hecho de que la ciencia, históricamente, siguiera dando solución a muchísimos más interrogantes de los que la filosofía era siquiera capaz de plantear, fuese el origen de un desbordado optimismo capaz de alumbrar ese nuevo giro (en este caso, lingüístico) de pensamiento, similar al que inauguró el Renacimiento.

Es cierto, también, que Russell pronto descubrió la imposibilidad de construcción de un lenguaje lógicamente perfecto; que los exabruptos de Ayer o Carnap al menos se presentaban útiles en la tarea de aislar la filosofía de sus sempiternas extravagancias especulativas; que el mismo Wittgenstein, como sospechaba Russell, acabó convirtiéndose en un camuflado metafísico, al no poder encontrar en lo material del lenguaje la razón de estructuras que vienen ordenadas por la inmaterialidad del pensamiento. Con todo ello, no obstante, la filosofía salió ganando. Por supuesto que no me resisto a condenarla a mera ciencia del significado, pero tampoco estoy dispuesto a abandonarla a ese otro sueño dogmático, en este caso de la razón. El mal de la idea, como decía Quine, consiste en que su uso (abuso, diría yo) engendra la ilusión de haber explicado algo; el peligro del lenguaje, por su parte, en instituirse como algo más que mero intermediario de un mundo al que, ciertamente, no podemos aproximarnos de una manera inmediata (Emilio Lledó).

Pongamos un ejemplo. Cuando tú mismo hablas del concepto aristotélico de verdad, como conformidad o correspondencia epistemológica (“adaecuatio rei intellectus”) te topas con un problema lingüístico: el de la indeterminación de la traducción. No es lo mismo la traducción inglesa del término “build”, fundante para entender el sentido de la proposición 4.01 del Tractatus, que la traducción castellana (i.e., la versión de Tierno Galván) del mismo. Efectivamente, “pintura” (o retrato) no es lo mismo que “figura”, que para Wittgenstein tiene el sentido de “modelo” o “escala” :
“La figura es un modelo de la realidad” (prop. 2.12), o “Es como una escala aplicada a la realidad” (prop. 2.15.12) ¿Qué representa, en este sentido, una figura cromática? Pues todo lo que tiene una realidad cromática. ¿Y una figura espacial?. Pues todo lo que tiene una realidad espacial. Es decir, lo mismo que no podemos, por ejemplo, dar las coordenadas de un punto que no exista en el espacio, tampoco la figura puede situarse fuera de su forma de representación (prop. 2.172). Quiero con ello decir que la mayoría de las veces los juicios, asertos o predicados que emitimos acerca de la realidad están fuera de la realidad misma y sin embargo nos crean la ilusión de que también ellos son parte del mundo, por el solo hecho de que forman, inevitablemente, parte del discurso. Es lo que ocurre, por ejemplo, con predicados como “es verdadero” o “es falso”. Una adecuada definición de “verdad / falsedad” podría darse, sólo a condición de separar del lenguaje coloquial o corriente, que usamos para comunicarnos, dicha predicación metalógica. Y esto parece evidente porque la verdad o falsead no son propiedades, en sí, de las cosas, sino de los enunciados sobre las mismas. Tal vez sea por ello que has optado por escoger para el título de tu comentario el término “veracidad” (captativa) en vez de “verdad”, sabiendo que mientras la primera significa mera correspondencia de lo que se dice con quien lo dice, la segunda representa la auténtica correspondencia de lo dicho con aquello de que se habla.

No sé si, con lo dicho, estoy dando respuesta a tu pregunta de “¿qué es un discurso verdadero?”, pues me declaro incapaz de comprender qué quieres decir cuando hablas de “el alma de lo real”. Modestamente, tan oscura me parece esa proposición como las razones que Armando Segura Naya da para mostrar la irrefutabilidad de la necesaria existencia de Dios (Ideal, 23 de enero). Acudir a las antinomias de la razón kantiana para apuntalar la posibilidad de la libertad en la necesidad del creacionismo, es prueba de una extremada extravagancia especulativa (“la idea de Dios es absolutamente necesaria, aunque solamente sea una idea”), tanto o más como la incorregibilidad del neopositivista que asegura que el enunciado “la nieve es blanca es verdadero si y sólo si la nieve es blanca”.

Comprenderás ya, José María, por qué he elegido el espinoso tema del lenguaje para inaugurar este foro nuestro de reflexión que deseo se enriquezca con otras aportaciones necesarias, intuyéndolas factibles a partir del momento que comencemos a hablar de manera que se nos entienda. Que todavía tenemos, como decía Miguel Hernández,

“...que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero”

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