De tu intervención, José María, deduzco un apego a la epistemología cartesiana, para la que conocer es, simple y llanamente, percibir ideas. Al decir que nuestro saber sobre lo real se genera por la construcción subjetiva e interna de nuestras propias ideas (sic) nos estás devolviendo, de nuevo, a ese sujeto cognoscente que fue expulsado de la filosofía de gran parte del siglo XX. Filosofía para la que el conocimiento resultó no ser intuitivo; era discursivo, no contemplativo.
Es evidente que quedan, desde ahora, planteadas aquí dos concepciones bien diferentes de una posible filosofía del lenguaje: una teoría tradicional, por una parte, de la que te declaras, a lo largo de tu entrada, fiduciario. Llamo a ésta una filosofía “con sujeto”, para la que el lenguaje es una herramienta (Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano) con la que comunicamos nuestras ideas que no son otra cosa que conceptos de la mente, a su vez fruto de nuestra experiencia. De la otra parte, una filosofía “del sujeto”, para la que la realidad no aparece como un “algo” anterior al discurso, sino que es producto del mismo discurso (el mundo como “representación” de Schopenhauer no es tan ajeno a la lingüística de Humboldt ni a la gramática generativa de Chomsky). El hombre, inevitablemente, atrapado en la jaula del lenguaje, metáfora del gusto de Nietzsche. De aquí a la corriente filosófica dominante del siglo XX, el positivismo lógico, hay un pequeñísimo trecho que ya se encargó de andar Saussure. De manera que la posterior disección a que sometieron el lenguaje los más aguerridos miembros del Círculo de Viena era el resultado de una conclusión irrefutable: la realidad no está dada ni predeterminada fuera del lenguaje, sino que se crea desde el propio lenguaje (Rorty).
Aquí, como ves, José María, hay tema. Creo que merece comentario. Para muchos es éste el terreno donde la filosofía se ha estado jugando su futuro. Un futuro que la relegaba a simple ciencia de interpretación del significado, a poco que siguiera dispuesta a dejarse lastrar por las “pseudoproposiciones” metafísicas.
Quise, por ello, terminar mi anterior entrada con una de dichas “pseudoproposiciones”, que tan oportunamente nos ha brindado la actualidad informativa: el problema de si debemos hacerle a Dios sitio sólo en el autobús o también invitarlo a casa. Asunto éste que, según algunos, puede conducirnos, sin quererlo ni saberlo, ¡qué horror!, a la violación del artículo 525 del Código Penal. Y todo por no saber de qué podemos hablar.
El que aparentemente sabía lo que decía (Ideal, del 10 de enero) es el catedrático de la Universidad de Granada, Sebastián Montiel, que al pretender matematizar la realidad olvidó, sin embargo, que “Dios no juega a los dados” (Einstein) y que si queremos salvarlo habrá de ser, obligatoriamente, para los confines de la lógica proposicional, o para los de las más profundas e incomunicables creencias personales. En lo segundo, por ahora, no entro; respecto a lo primero sólo añadir que ni incluso allí –en el universo lógico formal- mora tranquilo Dios, pues la verdad o falsedad no son propiedades de oraciones (“Dios es” / “Dios no es”), sino de sus usos. Es decir, al cargar ontológicamente el “es” (ser = existir) estamos imposibilitando la verificabilidad de este tipo de enunciados que se afanan por describir “lo dado” en la experiencia sensible.
¿No sería, entonces, prudente aquilatar ese lenguaje y alejarlo de esas “ficciones”, constructoras de mundos imposibles, sin sentido? Tú mismo, José María, te declaras dispuesto. Pero cuidado, nos estaríamos obligando, entonces, a hablar con palabras en vez de con ideas. Hablar solamente de lo que nos pasa y cómo nos pasa, echando mano de una filosofía necesariamente humana, en el marco de nuestra cultura. ¿Y el resto? Pues como hiciera Foucault con aquella desconcertante taxonomía de Borges (“El idioma analítico de John Wilkins”): empujarlo, todo enterito, hasta el universo literario.
Es evidente que quedan, desde ahora, planteadas aquí dos concepciones bien diferentes de una posible filosofía del lenguaje: una teoría tradicional, por una parte, de la que te declaras, a lo largo de tu entrada, fiduciario. Llamo a ésta una filosofía “con sujeto”, para la que el lenguaje es una herramienta (Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano) con la que comunicamos nuestras ideas que no son otra cosa que conceptos de la mente, a su vez fruto de nuestra experiencia. De la otra parte, una filosofía “del sujeto”, para la que la realidad no aparece como un “algo” anterior al discurso, sino que es producto del mismo discurso (el mundo como “representación” de Schopenhauer no es tan ajeno a la lingüística de Humboldt ni a la gramática generativa de Chomsky). El hombre, inevitablemente, atrapado en la jaula del lenguaje, metáfora del gusto de Nietzsche. De aquí a la corriente filosófica dominante del siglo XX, el positivismo lógico, hay un pequeñísimo trecho que ya se encargó de andar Saussure. De manera que la posterior disección a que sometieron el lenguaje los más aguerridos miembros del Círculo de Viena era el resultado de una conclusión irrefutable: la realidad no está dada ni predeterminada fuera del lenguaje, sino que se crea desde el propio lenguaje (Rorty).
Aquí, como ves, José María, hay tema. Creo que merece comentario. Para muchos es éste el terreno donde la filosofía se ha estado jugando su futuro. Un futuro que la relegaba a simple ciencia de interpretación del significado, a poco que siguiera dispuesta a dejarse lastrar por las “pseudoproposiciones” metafísicas.
Quise, por ello, terminar mi anterior entrada con una de dichas “pseudoproposiciones”, que tan oportunamente nos ha brindado la actualidad informativa: el problema de si debemos hacerle a Dios sitio sólo en el autobús o también invitarlo a casa. Asunto éste que, según algunos, puede conducirnos, sin quererlo ni saberlo, ¡qué horror!, a la violación del artículo 525 del Código Penal. Y todo por no saber de qué podemos hablar.
El que aparentemente sabía lo que decía (Ideal, del 10 de enero) es el catedrático de la Universidad de Granada, Sebastián Montiel, que al pretender matematizar la realidad olvidó, sin embargo, que “Dios no juega a los dados” (Einstein) y que si queremos salvarlo habrá de ser, obligatoriamente, para los confines de la lógica proposicional, o para los de las más profundas e incomunicables creencias personales. En lo segundo, por ahora, no entro; respecto a lo primero sólo añadir que ni incluso allí –en el universo lógico formal- mora tranquilo Dios, pues la verdad o falsedad no son propiedades de oraciones (“Dios es” / “Dios no es”), sino de sus usos. Es decir, al cargar ontológicamente el “es” (ser = existir) estamos imposibilitando la verificabilidad de este tipo de enunciados que se afanan por describir “lo dado” en la experiencia sensible.
¿No sería, entonces, prudente aquilatar ese lenguaje y alejarlo de esas “ficciones”, constructoras de mundos imposibles, sin sentido? Tú mismo, José María, te declaras dispuesto. Pero cuidado, nos estaríamos obligando, entonces, a hablar con palabras en vez de con ideas. Hablar solamente de lo que nos pasa y cómo nos pasa, echando mano de una filosofía necesariamente humana, en el marco de nuestra cultura. ¿Y el resto? Pues como hiciera Foucault con aquella desconcertante taxonomía de Borges (“El idioma analítico de John Wilkins”): empujarlo, todo enterito, hasta el universo literario.
LA VERACIDAD CAPTATIVA
ResponderEliminarTu entrada, Luis, me ha retrotraído a las antiguas proposiciones de la filosofía del Círculo de Viena. Delimitas no sólo el pensamiento filosófico sino también el quehacer de la filosofía: posicionamiento antimetafísico, búsqueda de un lenguaje formalizado, recurso a la lógica y defensa de los métodos de las ciencias naturales y de las matemáticas. Aparece, en el desarrollo de tu exposición, la necesidad de enlazar el conocimiento humano legítimo con los supuestos fundamentales defendidos ya por Hume y Locke, por el positivismo de Comte e, incluso, por el empiriocriticismo del físico austríaco Mach, de clara implicación neopositivista. Son las tesis que se formularon, sobre todo, a partir de Russell y del “Tractatus” de Wittgenstein: toda fuente de conocimiento tiene su base exclusiva en la experiencia, con exclusión de todo conocimiento apriorístico o de cualquier proposición que no pueda ser confrontada por la experiencia. Sólo si un enunciado tiene su fundamento en hechos verificables, puede encuadrarse en el ámbito legítimamente científico.
El análisis lingüístico constituye, en esta opinión, el método y la tarea específica del filósofo. Todas las proposiciones metafísicas o de “sentido” podrán tener valor de verdad sólo si se corresponden con hechos (acontecimientos existentes) o con el sentido que damos a los hechos, (cuestiones meramente lingüísticas que se sustraen a la cuestión de la existencia y que nada pueden decir sobre ella). El pensamiento metafísico queda reducido, según esto, a la esfera de un pseudo-arte imperfecto y torpe, como decía Nietzsche.
Confieso, Luis, que siempre entendí este positivismo lógico como una forma extrema y sofisticada de positivismo. Su pretensión de objetividad, de comprobabilidad y de expresión proposicional unívoca, era posición que, claramente, tomaba partido por una de las posiciones clásicas de la epistemología.
Siguiendo la teoría de la verdad aristotélica, tendríamos que aceptar una clara correspondencia entre el decir y el ser: decir las cosas como son, es sinónimo de un discurso verdadero. Y precisamente entiendo que aquí está el centro del problema: ¿Qué es un discurso verdadero? Pretender reducir su respuesta a la afirmación de que sólo tendrá sentido de verdad aquella captación que pueda ser verificada en su exclusiva correspondencia con los hechos, no deja de ser una pretensión quizás excesivamente cientificista.
Siempre recuerdo con admiración la frase de Wittgenstein en su “Tractatus” (4.01) de que “la proposición es una pintura de la realidad”. El suponía, es evidente, que si la realidad está configurada de acuerdo con las estructuras del lenguaje, el descubrimiento de las estructuras de éste nos permitiría descubrir las estructuras de lo real. Pero siempre me quedó la duda de que si aplicábamos las técnicas pictóricas al cuadro cognoscitivo y omitíamos la visión que al artista tiene de la percepción del objeto, la pintura sería quizás sólo una imperfecta copia de lo real. Le faltaría el alma.
La pregunta, en este supuesto, es lógica: ¿capto lo real, si no capto el alma de lo que se me ofrece como objetivo? ¿Y qué es el alma de lo real? Quizás la solución podamos encontrarla cuando abordemos en profundidad lo que es conocer y los diferentes “modos de dación” con los que la realidad se ofrece a nuestra percepción cognoscitiva… Pero esto será objeto de otro comentario, amigo Luis.