viernes, 13 de febrero de 2009

"We are living in a material world"

Es cierto, José María, tal y como apuntas en tu entrada “La compleja asimilación cognoscitiva” que el tema del conocimiento lleva, desde siglos, planteando a una transida Filosofía más problemas que soluciones aporta. Pareciera que la virtus dormitiva de Moliere acabó por contagiar al cartesianismo, y con él a un inaugurado optimismo racionalista de especie. Es decir, se sospecha que el proceso de cognición es resultado y logro de una conciencia independiente -separada de la realidad (res extensa)- que tiene la capacidad de “representar” lo que se da fuera de ella. Este “representacionismo” (hasta Kant), común a racionalistas y empiristas, se abandona, de nuevo, a la ficción de la “idea“, en un intento ingenuo de explicar el proceso de conocimiento humano: pensamos como lo hacemos porque nuestro cerebro nos impide hacerlo de manera distinta. En el fondo, con explicaciones como ésta, no se dan más razones del proceso de conocimiento que las que Moliere ofrecía acerca del efecto de los opiáceos. A saber, que eran resultado de las mismas propiedades adormideras que contiene dicha sustancia.

Ni aún siendo fieles al más arraigado “realismo próximo”, que no es otra cosa que culta expresión de lo que siempre hemos entendido como estricto “sentido común”, podemos dejar fuera del análisis filosófico elementos tan significativos y polivalentes a la vez, para el proceso de conocimiento, como son la conciencia y la estructura de lo real.

He de reconocer que la elección de términos como “conciencia” o “real” (incluso la sustantivación de este último) obedecen a una necesidad explicativa más cercana a la utilizada por el común de la gente. En efecto, cualquier cosa que podamos decir en la que incluyéramos frases como “tener conciencia de algo” o que ese algo tenga, más o menos, “visos de realidad” se antojan más próximas al lenguaje coloquial de la calle que descripciones, por ejemplo, que contengan términos descriptivos del tipo “sujeto cognoscente” u “objeto cognoscible”. Es más, la elección, en primer lugar, del término “conciencia” nos va a servir para, en función de su adjetivación o no, apuntar las dos interpretaciones clásicas que se ofrecen para cualquier proceso de identificación de lo que verdaderamente entendemos por conocimiento reflexivo de las cosas. Para la primera –con la que nos vamos a alinear-, la conciencia es siempre conciencia de algo y ella misma nada es salvo esa capacidad o función significativa de otras cosas, de las que decimos que el sujeto es consciente. Hablamos, en este caso, de una “conciencia intencional”. Pero, advierto ya que no estoy interesado, por ahora, en acepciones de “intencionalidad” introducidas por la tradición cristiana (San Agustín, sobre todo) que descansan sobre el carácter predominantemente moral de la conciencia. Siguiendo, no obstante, la tradición escolática –que algo de aprovechable tiene en este campo- la intención (en su sentido estrictamente lógico, epistemológico y en parte psicológico) es un tender hacia algo (“aliquid tendere”). Es decir, el acto del entendimiento dirigido al conocimiento de un objeto. Ni Brentano, ni Husserl se sustrajeron después a esta influencia escolástica del “pensar en”, enriqueciéndolo, éste último, con las íntimas y peculiares vivencias del sujeto. Tanto en el conocimiento de fenómenos físicos, a través de la experiencia sensible de los mismos, como en el reconocimiento de los procesos psíquicos o puramente mentales, esa dirección, tendencia o referencia de contenido está siempre apoyada en un conjunto constitutivamente de carácter vivencial (una especie de historiografía del sujeto). Esto es así porque aunque percibir sea siempre percibir algo; juzgar sea siempre juzgar (enjuiciar) una situación; valorar sea siempre valorar un contenido valioso; desear sea siempre desear un resultado apetecible, etc., todas estas experiencias tienen un origen íntimo irrefutable. Por ello coincido, contigo, cuando dices, muy acertadamente, que “lo cognoscible nunca puede ser realidad anónima para nosotros”. Pero, seamos prudentes. Todo objeto de conocimiento no es aprehensible, sin más, por la sola intención de un sujeto. Es inevitable, pues, que -ya que nos hemos decantado por una tal conciencia intencional, y por tanto pendiendo de lo real- tropecemos con objetos cognoscibles de experiencia difícilmente aprehensibles por una conciencia desinformada. Es hora, por tanto, de caracterizar a ese otro elemento de la díada cognoscitiva: la realidad. ¿Y qué es real para una conciencia intencional? Podríamos contestar, sin más, que es real todo lo que existe. Esta es la tesis fundamental del fisicalismo que no estamos, por ahora, dispuestos a ignorar. Pero hay cosas que se nos presentan con una apariencia distinta (no idéntica) a su verdadero ser. Las imágenes de la vida cotidiana son incapaces de explicar, como muy bien hace, por ejemplo, la teoría de la relatividad, la “experiencia” de que el espacio se transforme (parcialmente) en tiempo (y viceversa) cuando se cambia de sistema de referencia, o que el movimiento puro se transforme en materia (cosas). Pues bien, en el caso de este último ejemplo no hay más misterio implicado que el de un mero fenómeno físico –perfectamente observable- de creación de partículas como consecuencia de choques de alta energía. ¿Tenemos que acudir, entonces, al genio maligno de Descartes para dar explicación de objetos de experiencia que se resisten a nuestra capacidad sensible de conocimiento? No. Sencillamente, no podemos aproximarnos a las realidades de la física actual de la misma forma como lo haríamos frente a la mecánica clásica. Ese “realismo próximo” que nos ha permitido comprender, por ejemplo, la geometría euclidiana, o la constante gravitacional de Newton -que nos ha hecho posible intelegir propiedades “ocultas” de los cuerpos, como su peso-, no nos sirven como modelos “aproximados” de explicación para la física cuántica. Y sin embargo, nadie estará dispuesto a declarar que la ciencia no nos proporciona conocimiento certero de la realidad de las cosas.

A partir de Einstein estamos tentados de afirmar de la ciencia físico-natural lo que Pitágoras, 500 años antes de Cristo, afirmó de la matemática: que describe, perfectamente, la realidad tal como es. Cosa distinta es que el común de los mortales no alcance a descubrir en la expresión E=mc2 la descripción ontológica más potente de toda la historia del pensamiento humano.

Pero es que ocurre lo mismo cuando “arrancamos al yo de la realidad” (Freud) De esa otra realidad que subyace en la experiencia psicótica, o “lo raptamos”, sin más, del mundo real para lanzarlo, sea con suavidad, sea con violencia, a esos otros mundos-realidades que instituye la poesía.
Si al poeta se le diera el mundo en estado maleable, lo moldearía a su modo y no podríamos siquiera tener la certeza de que a la primavera seguiría el verano”, dice Pedro Salinas.
Por fortuna, el mundo (real) ya está hecho. Y sin embargo, al mismo tiempo, parece estar siempre por hacer. Cuestión de magia, como tú dices, José María, pero de “magia real”, aquella que Daniel Dennett identifica con la de los ilusionistas y prestidigitadores. No hay misterio, ciertamente, en la capacidad racional del ser humano. Eso sí, si acaso asombro. Pero al igual que hoy día descartamos cualquier élan vital como explicación válida del surgimiento de la vida, la explicación de la conciencia –por ende, del conocimiento humano- no requiere salirse del ámbito de lo físico.

Y fieles deberíamos seguir a la físis, si pretendemos, con algún éxito, dar razón de un mundo indubitablemente físico y de una conciencia irremediablemente corpórea.

Posados ya, como nuestro particular búho, sobre esa realidad que constantemente nos demanda, inquiere, confunde, incluso insulta, qué hacemos, todavía, querido amigo, hablando de los límites y alcance del conocimiento humano, ajenos a una realidad, la de nuestro vivir y sentir diario, que nos arrastra vertiginosamente. Una realidad que, aunque reiterativa con sus viejos problemas, se presenta sinóptica frente al actual homo videns. No hay tiempo de reflexionar. A un contenido sucede inmediatamente otro, y otro más que le sigue, y otro...que solapa todo lo anterior. Crisis económica, espionaje y corruptela política, inseguridad, pérdida de valores, propuesta de nueva ley de plazos para el aborto, sin plazos todavía definidos, etc. Y todo esto respecto a lo más cercano que vivimos. ¿Qué tendríamos, entonces, que decir de lo que ya ni siquiera es “acontecimiento” informativo? Camino llevamos de una semana de la muerte de Eluana y aún no te he dicho que me alegro profundamente de su muerte. Una muerte material (¡qué si no!) que ha venido a poner consuelo -piedad, si se quiere- en el dolor de los que la han sufrido en vida. A estos, sus seres más cercanos, ofrezco mi más empático sentimiento; al resto, farisaica cohorte, les niego la esperanza. Esperanza de vivir la vida y aprender a vivir la muerte. Porque están ya muertos en vida y aunque tienen ojos no ven, y aunque, también, oídos no pueden oír. Seguro que no escucharán nunca a Madonna cantando aquel célebre “We are living in the material world” (“Vivimos en un mundo material”)
And Luana was a material gilr, too.

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