lunes, 9 de febrero de 2009

LA COMPLEJA ASIMILACIÓN COGNOSCITIVA

No hay duda (y subrayo con ello el inicio de tu entrada del día 6 de Febrero, amigo Luis,) de que la defensa de una determinada teoría filosófica no es sólo, aunque también, una respuesta motivada por las influencias extrínsecas recibidas. La acogida intelectual de una idea, de un sistema de pensamiento, conlleva siempre una reflexión íntima y personal. El análisis ponderado y reflexivo es lo que da peso y estabilidad a nuestras adhesiones intelectuales. Y, por supuesto, cuando se trata de “recias” escuelas filosóficas, la adhesión nunca suele llevarse a cabo sólo mediante aceptaciones superficiales de simple autoridad. No son, por ello, simples elongaciones pendulares las adhesiones sistemáticas que realizamos en nuestro afán por la verdad. Normalmente, son -eso es lo que pretenden ser- una aceptación madura, lúcida y reflexiva sobre modelos de análisis e investigación que más se acercan a lo que entendemos deben ser los auténticos planteamientos intelectuales. Entiendo, sin dudarlo, que éste ha sido el norte que ha guiado nuestras elecciones. Nuestra discusión, dialéctica y clarificadora, nos iluminará, sin duda a ambos. Entenderemos mejor, tras nuestro diálogo, el papel de la Filosofía. También, el del filósofo.

Pero volvamos ahora al tema que nos ocupa. Es seguro que el problema del conocimiento ha sido, en la tradición filosófica, un problema mal planteado. Hoy sabemos que la amplitud y complejidad del mismo se diluyó, unas veces, en un contenido, quizás, vago y, casi siempre, excesivamente esquematizado. Otras, se disolvió en posiciones excesivamente marcadas por las tesis de escuela.

El análisis del acto cognoscitivo se ha enmarcado, en la mayor parte de las descripciones fenomenológicas, casi exclusivamente, en una referencia al objeto sensible, sin tener en cuenta las modificaciones que las situaciones fundamentales del conocimiento podrían implicar en la determinación de las relaciones sujeto-objeto. Se construyó así una epistemología reducida a la captación del objeto sensible, uno de los casos menos claros de conocimiento. La “abstracción”, clásica en la determinación cognoscitiva de las escuelas tradicionales, al partir del dato sensible se perdía en un proceso difícil y excesivamente simple de explicar el acto cognoscitivo. Era natural, entonces, que la cuestión cognoscitiva haya derivado en un “eterno” problema filosófico que ha determinado posiciones contrapuestas y excluyentes, muchas veces, en un afán de entender el proceso de captación de lo real que realizamos al conocer.

Es indudable que en el acto cognoscitivo el objeto se nos aparece, normalmente, cargado de sentidos y aspectos transensoriales. Todo ello, y no solamente una “razón abstracta”, constituyen el objeto natural y adecuado del conocimiento. Lo sensible será, en muchas ocasiones, el instrumento vehicular y ocasional del inicio cognoscitivo, pero, sin duda, la razón formal cognoscitiva se extiende mucho más allá de la realidad sensible y corpórea.

En el acto cognoscitivo, lo primero que hay que analizar es la especial manera de captación y donación en que se da el objeto al sujeto: ambos se “integran” en el seno de una situación en la cual ambos entran en comunión, aportando cada uno de ellos su propia microhistoria. Siempre gravita, en la relación cognoscitiva, la historia, personal y colectiva, del sujeto cognoscente; también, se hace presente la historia de las relaciones habidas, en procesos cognoscitivos anteriores, entre ese sujeto y ese objeto. Por su parte, también, el objeto se presentará al sujeto con múltiples estructuras y posibles perspectivas, siempre en situaciones variadas. El mensaje captativo de un objeto normativo, de una persona, de una situación compleja, de algo sensible, siempre tendrán ofertas de conocimiento diferentes para el sujeto que las percibe.

En esta combinación integradora va concretándose una relación expresiva que, en cada conocimiento, aumenta, quizás mágicamente, las posibilidades de intimación entre el cognoscente y la realidad conocida. Si esto no se tiene en cuenta, efectivamente, el problema del conocimiento aparecerá rodeado de un falso simplismo, alejado siempre de la realidad concreta de nuestra situación cognoscitiva.

Las cosas se dan siempre en el seno de situaciones y funcionando en ellas. La célebre “asimilación” de la explicación clásica (el entendimiento asimila la realidad), queda así relegada a una mera definición de biblioteca, irreal y corta como cualquier formula que trate de aplicarse sin sentido de integración en su totalidad.

Nuestro mundo siempre se va configurando mediante posibilidades electivas. Somos con la elección y, a través de ella, vamos logrando nuestra maduración existencial. Ello conlleva que lo cognoscible nunca pueda ser realidad “anónima” para nosotros. Cada una de las ofertas “cósicas” que se presentan a nuestra elección se inscribe en la esfera del “acontecimiento” Y por ello, es, vital y expresivamente, constituyente de nuestra más intima subjetividad. Esta dimensión de “acontecimiento”, que nos oferta la cosa patentizada en el acto cognoscitivo, es la que da sentido profundo a la relación sujeto-objeto: La realidad no se presenta ante nuestro como “objeto sensible” sin más, para poder ser captada en un esquematismo simple y elemental. Lo hacen cargadas de sentido, matizado por la utilidad que para nosotros tienen. Es esto lo que da dimensión teórica y valorativa al acto de conocer. Por aquí creo que anda el sentido de lo que he repetido algunas veces: la captación del alma de las cosas. La correlación cognoscitiva entre sujeto y objeto, transcendental siempre, está en el enriquecimiento mutuo del acto de conocer: somos con lo conocido y, al conocer la realidad y captarla con su radical dimensión “de sentido”, la hacemos y la determinamos en su situación de “acontecimiento”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario