martes, 17 de febrero de 2009

LA EUTANASIA: un problema actual y de gran calado ético

Como bien dices al final de tu entrada del 13 de Febrero, los acontecimientos sociales, hoy, se suceden a tal velocidad que casi no hay tiempo de reflexionar sobre ellos: la crisis económica, la corruptela política, la ley de plazos en el problema del aborto, la crisis del poder judicial…, la eutanasia… Todos, sin duda, problemas de envergadura y de hondo calado filosófico y antropológico. La reflexión filosófica no puede pasar indiferente ante la toma de posición de estas cruciales situaciones. Por ello, urge que, desde nuestra óptica, digamos también una palabra.

Abandonando, así, el tema que hemos tratado hasta ahora, de estricto análisis especulativo, sería bueno trasladar nuestro diálogo a la compleja situación actual, que tú mencionas, y de la que creo que aún resta mucho por decir y clarificar. Me refiero, claro, a la muerte de Eluana, en Italia, y al transfondo eutanásico que puede haber supuesto su muerte.

Como hemos hecho en anteriores ocasiones, centremos nuestro diálogo estableciendo unas premisas precisas que eviten el equívoco y vayan, desde el “quid nominis”, clarificando la cuestión. Sin duda, así llegaremos mejor al “quid rei”.

¿Debe prolongarse la vida biológica de una persona con una enfermedad terminal o en estado vegetativo permanente? Es ésta una pregunta ante la que en la sociedad actual existe confusión, recelos y poca claridad. Incluso los mismos términos se confunden en diferentes acepciones, difíciles para los no expertos en la materia. La muerte no es un tema grato al hombre, por lo que todo lo que tiene que ver con ella es objeto de forzados análisis. Pero hoy comienza a pensarse que luchar por la vida tiene sentido cuando se está sano o cuando aún es posible sanar. El miedo a sufrimientos insoportables o inútiles ha abierto el debate de la eutanasia, con un planteamiento que durante mucho tiempo ha sido intocable en nuestra cultura. ¿Puede provocarse una muerte buena, rápida, leve, sin sufrimientos? ¿Tiene el ser humano derecho a decidir, desde su plena capacidad jurídica, cuándo quiere y cuándo no quiere seguir viviendo?

Etimológicamente -ya es conocido-, eutanasia significa buena muerte (“eu thanatos”). Es la acción de acortar voluntariamente la vida de quien, sufriendo una enfermedad incurable, lo solicita para poner fin a sus sufrimientos físicos.

El debate no es nuevo. Platón, en “La República” (Libro III), abogaba por una eutanasia en forma de abandono, como bien para la colectividad: “Establecerás en nuestra República una medicina y una jurisprudencia… que se limiten al cuidado de los que han recibido de la naturaleza un cuerpo sano y un alma bella. En cuanto a aquellos cuyo cuerpo está mal constituido, se los dejará morir…”. Marco Aurelio, afirmaba: “Una de las funciones más nobles de la razón es la de saber cuándo ha llegado el momento de abandonar este mundo”. Francis Bacon, en el siglo XVI, al tiempo que formulaba, por primera vez, el término “eutanasia”, estimaba que “compete al médico proporcionar la salud y suavizar las penas y los dolores, no solamente cuando ese suavizamiento puede llevar a la curación, sino cuando pueda servir para proporcionar una muerte tranquila y fácil”. Y en la “Utopía”, Tomás Moro admitía la posibilidad de la muerte voluntaria.

El judaísmo y el cristianismo, por el contrario, han rechazado radicalmente la práctica eutanásica: sólo a Dios, creador de la vida, compete ponerle fin cuando sea “su designio”. En esta línea, en el siglo XVI, Ambrose Paré, cirujano al servicio de Enrique II, decía: “Yo hice las curas, pero solamente Dios es dueño de la vida y de la muerte, de la curación, de la agonía, de la angustia y de la serenidad”. Esta opinión se ha mantenido, casi incuestionable, en países y moralistas de este posicionamiento doctrinal. Seguidora del mismo, nuestro Código Penal, en su artículo 143.4, castiga con un máximo de seis años de cárcel a quien ayude a otro a morir, aunque éste lo haya solicitado seria y expresamente.

Hoy, el tema se ha planteado abiertamente, con apasionamiento y con polémica en España. Sobre todo, con una reflexión más acusada, a raíz de la muerte, provocada, de Ramón Sampedro, ayudado a morir por personas, entonces, desconocidas el 12 de Enero de 1998.

Los argumentos de los defensores de una “muerte digna” toman, por ello, en los últimos años, nueva fuerza en nuestra sociedad. Se han visto apoyados, además, por la normativa holandesa que permite a los médicos practicar la eutanasia cuando el paciente es adulto, capaz de decidir por sí mismo y solicita la eutanasia voluntariamente, de una manera consciente y repetida en el tiempo, si, además, padece sufrimientos insoportables, sin posibilidad de alivio, aunque la enfermedad no sea terminal.

En 1999 el 70% de los españoles apoyaba el derecho a la muerte voluntaria, en caso de enfermedad irreversible. En el 2001, este porcentaje se elevaba aún más (75%), sobre todo cuando la enfermedad se presentaba de forma dolorosa y la muerte era cercana.

La cuestión está planteada, claro, sobre la eutanasia agónica, no sobre la social. La primera, pretende evitar a un enfermo o agonizante insoportables dolores; la segunda, busca el bien de la sociedad, supeditando a ella incluso la vida misma del ciudadano. Lo que, en realidad, se discute es la licitud de actuar contra la vida del enfermo, supuesta la petición libre, explícita y reiterada del mismo. Y siempre en el supuesto de la existencia de un mal avanzado y terminal o de una minusvalía grave, crónica, con sufrimientos estimados como intolerables. No se discute, bajo ningún punto de vista, la posibilidad de supeditar la vida del ciudadano a bastardos intereses colectivos. El posible deslizamiento de la eutanasia agónica a la social es uno de los argumentos en contrario, de los que se oponen a la “muerte digna”. Lo exponía así Leo Alexander, psiquiatra y neurólogo norteamericano, asesor clave en los juicios de Nuremberg, refiriéndose al holocausto nazi: “Todo empezó con comienzos mínimos. Todo consistió al principio en una sutil desviación de énfasis sobre la actitud básica del médico: que existe vida que no es digna de ser vivida… La minúscula palanca que activó todo aquel cambio de mentalidad fue la actitud hacia el enfermo no rehabilitable”.

Se admite hoy, sin polémica, que sí es permisible la eutanasia pasiva: interrumpir u omitir acciones terapéuticas que prolonguen la vida de un paciente que se encuentra en situación de enfermedad avanzada, terminal o irreversible, o en estado vegetativo persistente. Nadie está obligado a poner medios extraordinarios para prolongar la vida. Incluso es permisible la administración de fármacos para mitigar el dolor, aunque tengan, como efecto secundario (principio lícito de doble efecto) un acortamiento de la vida.

Hoy, en España las Comunidades Autónomas de Andalucía, Aragón, Extremadura, Navarra y el País Vasco tienen regulado el testamento vital con detalle y profusión. Otras, como es el caso de Baleares, Cantabria, Castilla-León, Cataluña, Galicia, La Rioja y Madrid, lo incluyen en un apartado de las respectivas leyes de salud, aunque falta el desarrollo posterior. La Comunidad Valenciana ha regulado específicamente esta materia, pero no la ha completado. Por último, Asturias, Canarias, Castilla-La Mancha y Murcia lo tienen en proyecto pero no han legislado nada al respecto.

En fechas recientes, 155 médicos preguntados sobre el tema, afirman haber ayudado alguna vez a morir al paciente. El 65% admite que ha recibido alguna vez la solicitud de practicarla por enfermos o familiares. Entre las enfermeras, este porcentaje se eleva a un 85%.
La Iglesia catalana acaba de aprobar un nuevo documento de voluntades anticipadas testamento vital en el que se pide a los médicos que no alarguen abusivamente la vida de los enfermos cuando la situación sea de naturaleza irreversible y terminal, como en los casos de estado vegetativo crónico o de muerte cerebral. Francesc Xavier Ciuraneta, obispo de la Diócesis de Lleida (1999), aseguró que «en este documento de la Iglesia catalana no se defiende en ningún caso la eutanasia, ni activa ni pasiva».
Estos datos ponen ya de manifiesto la complejidad del tema. Casi todas las personas desean tener una muerte digna. ¿Le está vedado al hombre elegir la “calidad de vida” y de muerte que desea? ¿No es, para muchos, la elección de la muerte un mal menor ante los sufrimientos y agonía irreversibles? Sin duda corresponde a la libertad humana y a la dignidad del hombre elegir las maneras de vivir y de morir. Y ello sin prejuzgar otras posiciones doctrinales, fundamentalmente apoyadas en sistemas de moralidad y creencia religiosa que, por ser de libre aceptación, no pueden imponerse como norma universal de conducta. En una realidad plural, como es la de España hoy, sería oportuno el reconocimiento del derecho a la autodeterminación del individuo sobre su calidad de vida y su calidad de muerte. Al menos, para quien lúcidamente quiera asumir el hecho, en base a su personal responsabilidad humana.

1 comentario:

  1. UN CIENTIFICO METIDO A FILOSOFO: ¿NECESITAMOS LOS BINOMIOS PARA ENTERDER AL HOMBRE?

    Si dejo que mi pluma siga las indicaciones de mi mente -¿o de mi cerebro?- sin pasar las palabras, las ideas y los pensamientos, que quedarán escritos en el papel, por el tapiz del racionamiento justo y la reflexión acertada, posiblemente, digo bien, mis palabras dibujarían formas desordenadas y mi discurso sería difícil de entender. Por otro lado, hemos construido una sociedad en la que no se puede afirmar que el todo nunca es la suma de sus partes porque éstas, las partes diferenciadas, se comportan siempre como compartimentos estancos que no permiten la intercomunicación.
    A veces, pensando en la posibilidad de que nuestros cuerpos creen y almacenen nuestros sentimientos, odios, amores, rencores, creencias, ideas, etc., he sentido el temor de que nuestro organismo siga la ley de la incomunicación y impuesta por el sistema del todo y sus partes; ello obligaría a nuestro organismo a crear compartimentos estancos en donde almacenar nuestros odios, amores, rencores, etc., hasta que, reemplazados por otras creencias colectivas, mueran y nosotros con ellos. Por ejemplo, la idea del binomio cuerpo-alma ha arrinconado a la de corporeidad, entendida ésta como la propiedad que tienen todos los organismos evolucionados de engendrar sensaciones o sentimientos o instintos, o creencias, o ideas.
    Otra idea que cabe aquí, dentro de este contexto en el que estoy medio controlando a mi pluma, aunque no del todo, es la del binomio vida-muerte frente a la simple idea de la vida. Me explico, dar un valor trascendente a la muerte obliga a aceptar demasiadas imposiciones a la vida: uno, se vive para morir, porque después de este sencillo acto viene otra vida o lo que sea; dos, la muerte, con lo que conlleva, condiciona la forma de ese tiempo que llamamos vida. Es complejo. Demasiado complejo. Más simple es admitir que se muere porque se vive. Lo importante es vivir y la muerte es otro momento más del acontecimiento biológico que llamamos vida: cuando existe una inviabilidad del sistema vivo, éste muere, desaparece.
    He pensado muchas veces en lo que habría sucedido si cada uno de nosotros hubiésemos vivido solos en el universo; me explico, primero uno y, cuando éste muera, otro. El hombre sucesivo frente al hombre simultáneo. En el primer caso, habríamos sido seres aislados. Cada uno habría sido el todo y sus partes a la vez. No habríamos tenido el saber colectivo, con sus pros y contras. Un pro, el saber de la humanidad es mayor que el de cada uno de sus habitantes; una contra, nadie habría hablado con intenciones esotéricas, misteriosas y con discursos sobre lo que acontece en tiempos diferentes al tiempo de vida. Los problemas derivan del simple hecho de que somos seres que vivimos en colectividad y, por lo tanto, de que el hombre simultáneo es menos libre que el hombre sucesivo. El individuo solo se da sus propias leyes, entre otras, él puede decidir si quiere seguir viviendo o no. El individuo en colectividad no. Depende de otros. Eso está bien porque si no fuese así, los humanos se comportarían como las ideas, las palabras y los pensamientos que mi pluma, sin orden, podría escribir. Un caos, aunque sincero.
    El problema se produce cuando, siempre dentro de ese hombre simultáneo, aparezcan seres (observen que he dicho seres y no personas) que se consideren con el poder suficiente para decidir lo que los demás deben hacer, para dictar la moral por la que deben regirse los otros, todos los otros, llámese eutanasia, aborto, educación, sistema político, moral, o cualquier otros aspecto de la vida en colectividad.
    Y todo ello sin contar la avaricia de muchos.

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