jueves, 26 de febrero de 2009

"La muerte más clara"

No voy a extenderme en demasía con esta nueva entrada al blog. Destaco dos motivos fundamentales. En primer lugar, por mor de una ordenada exposición, parece obligado suscribirnos a la práctica de intervenciones exprés. Es necesario, pues, imprimir un mayor dinamismo. Exponga cada cual lo que crea oportuno, pero de forma más breve y concisa para posibilitar la contestación metódica del otro. Así, cada tema de reflexión se agotará sólo y cuando hayamos escrutado todas sus posibilidades argumentativas, usando para ello el noble arte del diálogo. Cuando hablaba, más arriba, de dos motivos –y habiendo expuesto ya el primero- para modificar el formato de nuestras intervenciones estaba, también, pensando en el carácter interdisciplinario que adquiere a partir de ahora este Foro. ¡Ojalá sea así! que, para huir de cualquier tipo de dogmatismo, exijamos a nuestras reflexiones una mirada crítica. Más de una visión o perspectiva, si va acompañada de solidez argumentativa, nos alejará, también, del reduccionismo epistemológico. Por ello, agradezco a Antonio Espinosa, científico, la que no dudo es –y será- una cualificada aportación.

Me voy a permitir comenzar por una pregunta, pues creo que de la contestación que cada uno demos a la misma se van a derivar consecuencias distintas para el problema que tratamos. ¿Es suficiente, sin más, ofrecer una respuesta moral al problema de la eutanasia, o deberíamos exigirnos, también, una auténtica y consistente convicción ética?

En éste, como en cualquier otro asunto, y allí donde esté presente la capacidad electiva del ser humano, parece necesario trascender la estructura de creencias y sentimientos personales –enfrentados la mayor de las veces- para buscar un acuerdo o consenso que nos permita superar el conflicto. Para empezar, encuentro lingüístico. La tradicional distinción (sobre todo, a partir de Aranguren) entre ética y moral no es inocua para el asunto que nos trae. Empecemos, entonces, por lo que José María gusta en llamar quod nomis.

Hay dos vías de acceso etimológico a la palabra ÉTICA: "etho" (término griego) que significa morada, donde se habita, primitivamente guarida de los animales y, por extensión, país en que se vive. Ontológicamente, la morada del hombre en el ser. (Heidegger). Es a partir de Aristóteles cuando pasará a significar modo de ser o carácter -"ekxi"- (no en sentido biológico, como temperamento, sino como forma de vida que se va adquiriendo). La segunda acepción, “mos” es de origen latino y al igual que etho, significó modo de ser o carácter, pero un carácter adquirido por el hábito, con lo que también viene a significar costumbre. Vemos, pues, que del originario término griego se derivó nuestra actual palabra “ética”; mientras que “moral”, de raíz latina, ha quedado reducida al contenido de la conducta. Lo que es lo mismo: el resultado de una preferencia que, en puridad, puede servir tanto al interés de los buenos como al de los malos “hábitos”. Porque sólo los animales o los idiotas son completamente inmorales (Zubiri).
Pues bien, en todo este galimatías etimológico ya podemos empezar a distinguir la ÉTICA -si es que interesa, para nuestro propósito, diferenciarla de la MORAL- como una disciplina especulativamente práctica; práctica porque busca el fundamento de la acción; especulativa porque no se propone, sin más, dirigir la conducta (aspiración moral), sino conocerla. La Ética nace, por tanto, de esa relación dramática del hombre con el mundo; del conflicto que origina la multitud de posibilidades que se abren a la acción humana. No hay Ética más que frente a los otros y entre los otros. Por esto mismo, querido Antonio, esa ficción del Robinsón metafísico al que aludes es imposible. Un “solus ipse”, sin posibilidad de salida al exterior que, en llegando a ser biológicamente viable, –caso que dudo- habría de ser moralmente autosuficiente. (“philautia”) Hipótesis ésta que queda invalidada por el constitutivo carácter social que, por definición, poseen las normas morales.

Así pues, si concedemos a la ética estatuto suficiente para abordar reflexivamente, y con autoridad, cuestiones morales, permítaseme, entonces, proponer que vayamos, desgranando el siguiente esquema-intención:

1. DESPEJAR LA POLISEMIA DEL CAMPO DE LA BIOÉTICA. En el caso de la eutanasia es, por ejemplo, evidente que dicho término puede significar para cada persona una cosa diferente: sedación paliativa, rechazo al tratamiento, incluso asesinato o suicidio asistido. Si no nos ponemos de acuerdo en el concepto, difícilmente podremos facilitar un auténtico debate social y alcanzar, por tanto, el pretendido consenso ético.
2. AUTONOMÍA DE LO ÉTICO, distinguiéndolo nítidamente de lo moral y lo religioso. Como dice Fernando Savater, “la ética no ha venido al mundo para dedicarse a apuntalar ni a sustituir catecismos” (ÉTICA PARA AMADOR).
3. UN MÉTODO DE JUSTIFICACIÓN que obligue a los enunciados morales a cumplir los principios éticos de “consistencia” y “generalidad” para poder ser validados. Piénsese, también, en este sentido, las dificultades que para una ética normativa se derivarán del reconocimiento del relativismo antropológico.
4. UN COMPROMISO LEGAL que garantice la no punición de la eutanasia como excepción. Cuando menos, nos ayudará a distinguir entre las normas válidas y las únicamente vigentes.

Un problema tan complejo, como el que nos ocupa, coincidiréis que no se puede, ni se debe despachar con ligereza. Tú mismo, José María, reconoces expresamente la confusión terminológica existente: Ni siquiera una acertada aproximación etimológica al concepto central (eu thanatos) logra “dulcificar” ese camino-tránsito libremente asumido en alguna ocasión y temido las más. Rechacemos, también, cualquier tentación autárquica, pues sólo a condición de solicitar el auxilio de disciplinas como la bioética, la biomedicina y el bioderecho, o demandar el diálogo entre la moral confesional y el humanismo militante, alcanzaremos el objetivo perseguido: poner –como solicita el experto en bioética Pablo Simón- más claridad en la muerte. Valga el esfuerzo para, al menos, poder suscribir un compromiso solidario-compasivo, que redoble el esperanzador eco de las palabras de Beppino Englaro: “Espero que su historia –la de Eluana- sirva para que la gente entienda que la medicina debe pensar mil veces antes de crear situaciones que no existen en la naturaleza”.

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