lunes, 2 de marzo de 2009

La búsqueda del principio ético

La eutanasia, hoy, es un hecho y un problema. Lo analiza muy bien Antonio Espinosa en su entrada al blog. Hunde sus raíces existenciales en la realidad de lo que es la vida y en el misterio de lo que es la muerte. Y, desde luego, nunca podremos “entender” esta realidad si no damos una respuesta al lugar que ocupa en la problemática vital de lo humano, si no discernimos, este asunto de las mil connotaciones moralistas, sociales y religioso-soteriológicas con las que se ha ido amalgamando su planteamiento y su solución a lo largo de la historia.

No se puede hablar, es claro, del significado de la vida si no se concibe el ser-hombre como ser-libre. Si el hombre fuese una cosa y su vida un proceso como el de las cosas, el hombre carecería de sentido. Sin la libertad el sentido y el significado de lo humano no sería más que un sonido vacío. Pero la pregunta, en este caso concreto, es: ¿cae dentro del campo decisorio de la libertad también la elección del modo y el momento de morir? ¿No es la libertad situada y ponderada del hombre la que da sentido a sus actos y realizaciones? Porque el supuesto necesario de la responsabilidad del hombre en su autohacerse, es su libertad.

Si supeditamos al hombre, en su actuación, a normas materiales cuya fuerza normativa viene dictada, fundamental y casi exclusivamente, por factores extrínsecos al mismo hombre, habremos parcelado, muy probablemente, su sentido integral y autónomo. Su hacerse -también la muerte (“posibilidad imposible” del hombre, como la denominaba Heidegger) es una parte de su ser radical- dependerá de factores ajenos a su voluntad misma. Serán el dios del credo religioso, la sociedad, la moral positiva de los otros, la que determinará su conducta concreta en sus momentos más radicales. ¿Es compatible la libre dignidad del ser humano, su autonomía moral con la aceptación moral de normas impuestas desde fuera a la voluntad?

Para llegar a solucionar el problema, el valor moral de la acción no deberá radicar en el fin a conseguir o en la autoridad exterior a la voluntad sino en el deber ético que justifica y nos impulsa a la acción. La razón práctica, diferente a la razón meramente especulativa, debe discernir el sentido moral del obrar del hombre. El “qué debo hacer” y el “cómo debo obrar” deberán surgir de las exigencias y obligaciones dimanantes de la voluntad recta del hombre.

Quizás sería oportuno recordar aquí, sin las vinculaciones de escuela que tuvo en sus inicios el concepto, la sindéresis de la razón: la capacidad natural que poseen los seres humanos para detectar la moralidad de los primeros principios. Santo Tomás la definía como “habitus primorum principiorum ad ordinem practicum”: un hábito connatural al hombre, una razón práctica, que le permite discernir la bondad o malicia de los actos que, en el orden práctico, son exigidos por la naturaleza y la conciencia humana.

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